
RETRATO DE HELENA.
Seguimos viviendo (con variantes y ramificaciones) de muchos mitos que surgieron en la Antigüedad clásica, que continúa siendo -y lo fue más hasta no hace mucho- una de nuestras fuentes nutricias. Tal es el caso del sólo semiacertadamente llamado mito de Helena de Troya, que más bien debió llamarse Helena de Esparta (al fin y al cabo, Paris la rapta en Esparta para llevarla a Troya, incumpliendo las leyes de la hospitalidad del rey Menelao, marido de Helena).Pudo, incluso, llamarse Helena de Egipto, si creemos la versión de que a Troya tan sólo llegó un eidolon, una imagen de la hermosa Helena (acaso un doble) en vez de la Helena real, menos o distintamente infiel entonces .
Quien se interese por este rico y complejo mito -que ni mucho menos se agota en las fuentes más clásicas, los poemas homéricos y La Eneida virgiliana- hará muy bien en leer un libro donde el saber se vuelve complejidad y amenidad a la par. Se llama El mito de Helena. Imágenes y relatos de Grecia a nuestros días de Maurizio Bettini y Carlo Brillante, recién traducido en la editorial Akal. Mito de la belleza superior a todo, gran emblema por ello del esteticismo finisecular y aún del cine peplum (por ejemplo con la sugestiva Hedy Lamarr) Helena nos lleva a la idea, firmemente asentada en el subconsciente occidental, de la belleza maléfica, pero embriagadora y poderosa. Helena arruina Troya (según la versión tradicional) pero no es menos verdad que, cuando la hija de Leda y hermana de los bellos Dióscuros, pasea por las desoladas almenas de la ciudad, que será destruida por su causa -como en el soneto de Julián del Casal o en los varios lienzos del simbolista Gustave Moreau, enamorado del tema- los defensores del sitio, entre los cadáveres y el natural espanto, no ven a la mujer que debieran odiar por ser la causa directa de sus males, sino que se quedan boquiabiertos y deslumbrados ante una belleza que no es de este mundo. Nace el mito de la femme fatale y por qué no -aunque es más frecuente en masculino- el de la bella tenebrosa, la mujer maléfica y bellísima que se mueve entre el abismo de la gloria terrenal (para quienes la aman) y el descalabro absoluto al que su propia belleza conduce a quienes no se guían por una docta prudencia. Nos deleitamos ante el maravilloso y marmóreo perfil del Retrato de Helena (1819) del gran neoclásico Antonio Canova, pero sentimos mejor la ambigua inquietud con que la caracterizó Goethe, si miramos con atención el lienzo prerrafaelita de Frederick Sandys, Helena, de 1867, porque en él se hace evidente (con un mohín, quizá de enfado o de duda) el plural ingrediente que compone el mito de la mujer fertilizante, pero cruel, narcisista, atenta sólo a la propia satisfacción de su beldad. La Helena que abandona a Menelao por el bello Paris, que a la muerte de este en la guerra que ella causa, se casa con su joven hermano Deífobo, y que, según menos extendidas versiones, acaso está en Egipto, solazándose, pese a tanta desdicha, con el rey Proteo que la cuida, hasta que (locuras del destino) 17 años después retorna con su marido Menelao, que le perdona
¿Viven aún las mujeres -bastantes hombres creen que sí- en el mito glorioso de la belleza devastadora y cruel, casi sin alma? ¿O el mito femenino de Helena es incomprensible hoy sin el mito de Paris, galán y narciso, bello tenebroso, amor y muerte, que nunca ha dejado de fascinarnos? Está al lado mismo, ahora.
LUIS ANTONIO DE VILLENA (EL MUNDO)
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